La casa a medida

21 de Febrero de 2008

A lo largo de la historia, la casa ha representado la voluntad humana de construirse un abrigo sólido y duradero con el cual protegerse frente a las intemperies y los avatares de la vida. Esta voluntad, que se halla en la base de la arquitectura, es la lógica evolución en el transcurso de la historia del hombre de la necesidad de cubrirse, de protegerse, en definitiva, de vestirse. 
De la misma manera que la indumentaria, la casa ha ido evolucionando, y pasó de servir de simple abrigo, como la grutas o la primitivas cabañas, a la par de la pieles de animales utilizadas como vestidos, a convertirse en artefactos a los cuales lo seres humanos confiaban sus más profundas aspiraciones. La casa se había convertido, al igual que la vestimenta, en una forma de expresión social y cultural, al servicio de sus dueños, que a través de ellas manifestaban y explicitaban sus gustos, sus tendencias y, por qué no, sus posesiones.  
La casa, como la indumentaria, ha sido por tanto en el curso de la historia reflejo directo de la voluntad individual de manifestar la propia personalidad, el estatus social, en definitiva el propio modus vivendi. Como la indumentaria, la casa era la manera más común de crear un mundo a la medida del individuo, tanto a nivel espiritual como más sencillamente a nivel corporal. Tanto una casa como un abrigo eran objetos que se realizaban a medida, una medida que cifraba lo espiritual sumado a lo corporal. Con el objetivo de construir y de vestir algo a medida, el hombre participaba activamente, según sus capacidades, en la realización física y material de su propio gran abrigo, el producto más valorado del esfuerzo humano.
Tomar parte en la construcción de la propia casa, con el sudor de su frente, era indudablemente la mayor satisfacción personal, y muchas veces el objetivo último de toda una vida.
Hoy, nosotros, hijos del capitalismo y de su “majestad el dinero” hemos perdido totalmente esta antigua costumbre que involucraba al usuario en el proceso constructivo de su propio gran abrigo, al mismo tiempo que ya ni siquiera podemos aspirar a la más sencilla realización de una vestimenta a medida.
Hemos pasado de lo que antaño era “hacerse una casa” a comprársela. Y en este pasaje hemos perdido indudablemente el aspecto fundamental que da sentido al proceso, la medida.
Hemos asistido a un proceso de democratización de los bienes primarios, que ahora son accesibles por la inmensa mayoría de la integrantes de la sociedad; hoy en día cualquiera puede comprase una vivienda estándar así como una prenda preconfeccionada en Zara. Pero son muy pocos quienes pueden realmente reconocer que estos abrigos están hechos a la altura de sus aspiraciones.
Ni siquiera los amantes de Ikea pueden reconocer cumplidas sus aspiraciones, aunque esta multinacional haya creado ilusión de que uno puede montarse los muebles por sí mismo.
Hoy en día nadie puede escapar de la red de la poderosa industria inmobiliaria, que, de acuerdo con las multinacionales del crédito, produce casas supuestamente de calidad y con las que, a través del espejismo de los acabados de diseño, embauca a las multitudes, que se hipotecan así de por vida.
Ya no se construyen casas a medidas, como tampoco abrigos, aunque algunos se crean privilegiados y estén convencidos de que sí. Sin embargo, en realidad los artífices del mercado inmobiliario, como los del mercado de la indumentaria, con la complicidad de políticos, sus medios de comunicación, con sus franquicias de vendedores incultos, han logrado con el tiempo crear, en vez del gran abrigo a medida, el cliente a medida, a quien resulta bastante fácil venderle, como también a otros cientos de miles iguales a él, la misma vivienda despersonalizada, el mismo abrigo mal cortado.
De los privilegiados que gracias a su estatus económico pueden permitirse ser promotores de sus mismas viviendas, o de sus vestimentas, luego las revistas, los arquitectos de moda, los estilistas, los interioristas se ocuparán de despojarles de ese privilegio, pues les proporcionarán espacios, ropas, decorados, supuestamente a medida del cliente, pero que en realidad sólo representan las aspiraciones y muchas veces las frustraciones de los propios creadores arquitectos, interioristas o estilistas.

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