Archive for the ‘Arquitectura’ Category
Miércoles, Mayo 21st, 2008
Somos animales visuales, nos fascinan las imágenes, estamos completamente sometidos al poder evocador de las imágenes. Dominamos también el lenguaje, pero lo utilizamos para recrear en palabras las imágenes que se almacenan en nuestra mente. Nuestros recuerdos son imágenes, existimos porque nos reflejamos en ellas, y nada es más poderoso para el recuerdo que la fuerza de una sola imagen. Para fijar los recuerdos inventamos la pintura, y pintamos retratos, paisajes, hechos históricos. Los pintamos porque las palabras no eran suficientes, los pintamos porque las palabras nos parecían subjetivas, hechas de una inmaterialidad al que cada uno puede dar la forma que quiera. Las palabras no nos parecían univocas, las imágenes sí. Pero no nos conformamos con eso, quisimos más: las imágenes también eran subjetivas, detrás de una pintura siempre había una mano pensante, una realidad subjetiva en definitiva. Inventamos entonces la manera de fijar químicamente la realidad, inventamos la manera de fotografiarla, de retratarla como es, y ingenuamente nos lo creímos. Creímos en la fotografía como un espejo de la realidad, y lo creímos hasta al punto de que lo confundimos con la realidad misma. Como no bastaban mil palabras para describir una realidad, decidimos que una imagen era mucho mejor.
Ahora, cuando desde hace décadas las imágenes constituyen la realidad, ahora que la realidad no existe si no hay una fotografía que la represente, ahora que el mundo analógico ha dado paso al digital, sólo ahora nos hemos dado cuenta de lo limitado que es la fotografía y que la pintura no sólo retrataba la realidad sino que también la interpretaba, la mejoraba, la idealizaba.
Y entonces hemos desarrollado herramientas informáticas que nos han permitido retocar nuestras imágenes, nos han permitido mejorarlas, en un primer momento y luego directamente inventarlas desde la nada. Hoy podemos crear, sin salir de la pantalla de un ordenador, imágenes totalmente artificiales, que son, o más bien lo parecen, más reales que la realidad misma.
Los arquitectos, que siempre hemos estado muy involucrados con esta faceta estética de la realidad, hemos sido los precursores, porque nos ha venido muy bien el uso de estas herramientas informáticas para crear imágenes que casi milagrosamente nos permitían transformar en realidad visual unos dibujos bidimensionales, que los clientes fatigaban en comprender.
Nos ha gustado tanto esta nueva posibilidad comunicativa, que hemos sustituido casi por completo, en el momento de comunicar las ideas de proyecto, los planos de líneas por atractivas perspectivas virtuales.
Los concursos de arquitectura de los últimos años son la prueba evidente de esta tendencia. Cada vez más asistimos a la abundancia de producción de imágenes, también llamadas de síntesis o más comúnmente render, con menoscabo de la tradicional representación bidimensional de plantas y secciones. Para comprobarlo es suficiente repasar los proyectos ganadores de concursos de los últimos años: algunos presentan una cantidad tan exigua de dibujos bidimensionales que es difícil, a veces, comprender siquiera el simple aspecto funcional de la entrada a los edificios.
Los arquitectos, con las aplicaciones informáticas, pasando por alto las elementales normas de la gravitación universal pueden imaginar, o sea, crear imágenes, de edificios que no podrían sostenerse en el mundo real. Se proyectan así edificios sin estructuras, sin masas, y en definitiva sin tiempo.
Sí, el tiempo, este concepto abstracto es fundamental para la comprensión de un proyecto: como sabemos, un espacio arquitectónico no puede representarse con una imagen fija, la arquitectura puede ser comprendida sólo en una dimensión espacio-tiempo dinámica, y solamente el movimiento permite el proceso de percepción visual en el tiempo, y esto, que se halla totalmente en antítesis con el mundo de las imágenes, únicamente puede entenderse con el análisis de los dibujos bidimensionales, que sólo los ojos entrenados pueden realizar.
Por lo tanto, las imágenes actuales de la arquitectura encuentran su significado sólo en un nivel estético de la realidad. Ésas son unas percepciones subjetivas de una realidad inexistente, ya que se trata de proyectos, y que muchas veces no tendrán nada que ver con el resultado final. Es como que la imagen que se produce sea fin en sí misma y no vehículo para la comprensión del proyecto. La imagen pasa a ser el proyecto, y por lo tanto pasa a tener valor sin el proyecto mismo, y puede prescindir de él. De imágenes de proyecto pasan a ser proyectos de imágenes, y los arquitectos, a su vez, simples fotógrafos de una arquitectura inexistente.
En este proceso, las imágenes virtuales intentan trasformar la necesidad funcional de la arquitectura en la posibilidad de intercambio y de comunicación. El valor de uso, la funcionalidad de un objeto, está perdiendo terreno frente al valor de intercambio, al comunicativo. Como los anuncios publicitarios, los dibujos de arquitectura, en los últimos años, han cambiado totalmente de objetivo: antes su función primera era la de comunicación funcional de un producto, o de un edificio, comunicando sus características de uso, y ahora se han apuntado a la más compleja transmisión de valores emocionales.
Toda su atención se concentra en el valor de intercambio de los objetos, y las imágenes ya no explican, como hacían las maquetas de un tiempo, su valor de uso, sino su potencial emocional, construido con referencias explícitas a un mundo idílico de bienestar y prosperidad.
La apariencia, parece ser la única connotación de esta imágenes-proyectos que rellenan las publicaciones de arquitectura de medio mundo y que, como los fast food con su comida basura, no tienen otra función que la saciar rápidamente los apetitos del los consumidores, sin que éstos lleguen a preguntarse sobre el valor real de lo que están consumiendo.
Esta falsa arquitectura basura se viste de espectáculo para enmascarar sus deficiencias, y esta recreación “bonita” de la realidad siempre esconde alguna carencia, y resulta que detrás de las espectaculares fachadas de las imágenes se amontonan numerosos errores de proyectos, vicios constructivos, incapacidades proyectuales, y no pocas veces evidentes inutilidades espaciales.
Esta forma mediatizada de ver la arquitectura es perfecta para quienes, como los arquitectos mediáticos, necesitan estas poderosas armas de seducción para alimentar sus egos voraces. La necesidad de seducir de estos profesionales casa perfectamente con las misma ganas que también las ciudades tienen desde hace un para de décadas. Las ciudades necesitan de estas imágenes y gracias a ellas pueden enseñar y convencer con la visualización de una esplendorosa realidad futura, que permite esconder las reales miserias del presente.
Estas operaciones de seducción, donde las apariencias de las cosas parecen ser lo que más interesa a las ciudades, encuentran su mayor cómplice, de nuevo, en los concursos de arquitectura que hacen que se hable de ellas y que cientos de imágenes, producidas por arquitectos, aneguen la opinión de los ciudadanos. Muchas veces estos concursos que están organizados con un objetivo exclusivamente mediático, limitan la participación únicamente a los miembros selectos del star system de la arquitectura, que con su sola presencia, mágicamente, permiten que la ciudades se conviertan en más atractivas, más prestigiosas, mas glamurosas, aunque sabemos que estos proyectos nunca verán la luz.
Es evidente que para construir mentiras como éstas no son suficientes mil palabras, ni todas las palabras del mundo, pero a lo mejor se consiguen con unas cuantas imágenes.
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Jueves, Febrero 21st, 2008

A lo largo de la historia, la casa ha representado la voluntad humana de construirse un abrigo sólido y duradero con el cual protegerse frente a las intemperies y los avatares de la vida. Esta voluntad, que se halla en la base de la arquitectura, es la lógica evolución en el transcurso de la historia del hombre de la necesidad de cubrirse, de protegerse, en definitiva, de vestirse.
De la misma manera que la indumentaria, la casa ha ido evolucionando, y pasó de servir de simple abrigo, como la grutas o la primitivas cabañas, a la par de la pieles de animales utilizadas como vestidos, a convertirse en artefactos a los cuales lo seres humanos confiaban sus más profundas aspiraciones. La casa se había convertido, al igual que la vestimenta, en una forma de expresión social y cultural, al servicio de sus dueños, que a través de ellas manifestaban y explicitaban sus gustos, sus tendencias y, por qué no, sus posesiones.
La casa, como la indumentaria, ha sido por tanto en el curso de la historia reflejo directo de la voluntad individual de manifestar la propia personalidad, el estatus social, en definitiva el propio modus vivendi. Como la indumentaria, la casa era la manera más común de crear un mundo a la medida del individuo, tanto a nivel espiritual como más sencillamente a nivel corporal. Tanto una casa como un abrigo eran objetos que se realizaban a medida, una medida que cifraba lo espiritual sumado a lo corporal. Con el objetivo de construir y de vestir algo a medida, el hombre participaba activamente, según sus capacidades, en la realización física y material de su propio gran abrigo, el producto más valorado del esfuerzo humano.
Tomar parte en la construcción de la propia casa, con el sudor de su frente, era indudablemente la mayor satisfacción personal, y muchas veces el objetivo último de toda una vida.
Hoy, nosotros, hijos del capitalismo y de su “majestad el dinero” hemos perdido totalmente esta antigua costumbre que involucraba al usuario en el proceso constructivo de su propio gran abrigo, al mismo tiempo que ya ni siquiera podemos aspirar a la más sencilla realización de una vestimenta a medida.
Hemos pasado de lo que antaño era “hacerse una casa” a comprársela. Y en este pasaje hemos perdido indudablemente el aspecto fundamental que da sentido al proceso, la medida.
Hemos asistido a un proceso de democratización de los bienes primarios, que ahora son accesibles por la inmensa mayoría de la integrantes de la sociedad; hoy en día cualquiera puede comprase una vivienda estándar así como una prenda preconfeccionada en Zara. Pero son muy pocos quienes pueden realmente reconocer que estos abrigos están hechos a la altura de sus aspiraciones.
Ni siquiera los amantes de Ikea pueden reconocer cumplidas sus aspiraciones, aunque esta multinacional haya creado ilusión de que uno puede montarse los muebles por sí mismo.
Hoy en día nadie puede escapar de la red de la poderosa industria inmobiliaria, que, de acuerdo con las multinacionales del crédito, produce casas supuestamente de calidad y con las que, a través del espejismo de los acabados de diseño, embauca a las multitudes, que se hipotecan así de por vida.
Ya no se construyen casas a medidas, como tampoco abrigos, aunque algunos se crean privilegiados y estén convencidos de que sí. Sin embargo, en realidad los artífices del mercado inmobiliario, como los del mercado de la indumentaria, con la complicidad de políticos, sus medios de comunicación, con sus franquicias de vendedores incultos, han logrado con el tiempo crear, en vez del gran abrigo a medida, el cliente a medida, a quien resulta bastante fácil venderle, como también a otros cientos de miles iguales a él, la misma vivienda despersonalizada, el mismo abrigo mal cortado.
De los privilegiados que gracias a su estatus económico pueden permitirse ser promotores de sus mismas viviendas, o de sus vestimentas, luego las revistas, los arquitectos de moda, los estilistas, los interioristas se ocuparán de despojarles de ese privilegio, pues les proporcionarán espacios, ropas, decorados, supuestamente a medida del cliente, pero que en realidad sólo representan las aspiraciones y muchas veces las frustraciones de los propios creadores arquitectos, interioristas o estilistas.
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Miércoles, Febrero 20th, 2008

“Un metro cuadrado de azul es mucho más azul que un centímetro cuadrado del mismo color.” Henri Matisse
La luz, al interactuar con la materia que golpea, crea las bases para que esa materia nos aparezca más o menos visible y diferentemente coloreada.
Pero no es la luz la que lleva consigo el color y la que después la materia retransmite; la luz siempre es blanca y se colorea sólo después de ser trasmitida a nuestro cerebro una vez haya pasado por la retina.
El color se crea en nuestro cerebro, y de él depende, y por tanto, a diferencia de las formas es una sensación perceptiva subjetiva; la luz golpea las cosas y una parte de esa luz es a su vez remitida por el objeto, que, a causa sus características, nos hace creer que la luz tiene un determinado color.
Sin la luz no hay color que pueda percibirse, por eso puede decirse que el color sin luz no existe. La percepción del color es algo que nuestro cerebro determina, de ahí que sea extremadamente subjetiva. Esa luz que lleva consigo la codificación del color puede provocar respuestas emotivas diferentes, y reacciones psicológicas contrastantes.
Todo lo que vemos son colores y formas, cada color tiene su carácter, que lo distingue de lo demás colores, con diferencias que a veces pueden ser mínimas, y que aunque parezca increíble, nos hacen distinguir a simple vista hasta sesenta tipos de blancos diferentes. Entre colores y formas además existe una estrecha relación que vincula de manera absoluta ambas categorías: no pueden existir formas sin colores, y viceversa. La materialidad de una forma se expresa con la espiritualidad de un color, y por esto un color no puede percibirse si no se le confiere la materialidad de la forma. Cuando vulgarmente se habla de combinación de colores, se olvidan la respectiva combinación de formas, que en el fondo es la única que permite a estos colores de manifestarse: una determinada combinación de colores no tendrá el mismo efecto sensorial si las formas que la materializan son cada vez diferentes.
No existiendo por lo tanto una percepción de los colores sin las formas, no puede existir un color, o una combinación de colores que guste en absoluto, si que se tengan en cuenta las posibles formas que puedan materializarlo. Decidir el uso de un determinado color, justificado a veces por el gusto personal, como tema para la caracterización de un espacio y de los objetos que lo decorarán es un contrasentido, que choca con la realidad física de los diferentes materiales, los cuales, aunque reciban el mismo color, nunca se percibirán de la misma manera.
Si para crear formas el arquitecto se sirve de la geometría, para usar el color el arquitecto debería dominar conocimientos que abarcan desde la física, por tratarse el color de luz, el espectro visible de las ondas electromagnéticas, la química, porque estudia los pigmentos que permiten materializarlos, la fisiología, porque posibilita estudiar la percepción del ojo humano, e incluso la psicología, porque permite descifrar las sensaciones que se provocan en el cerebro humano.
Estas diferentes especialidades han investigado exhaustivamente el tema y han producido un corpus bibliográfico de cientos de monografías que desmienten evidentemente las frases hechas, y resulta por tanto que sobre colores hay mucho escrito, y muy poco leído.
Las diferentes teorías y los diferentes modelos de colores creados a lo largo de la historia desde Aristóteles, que se había preocupado por el tema, pasando por Newton, que recuperó y renovó el modelo aristotélico, hasta los modelos tridimensionales que actualmente se manejan, chocan ineludiblemente con la realidad biológica del ojo humano que no se caracteriza precisamente por la perfección lógica que estos modelos tienen. La visión humana es imperfecta, poco nítida y se ha desarrollado en el largo transcurso de la evolución de la especie para acometer sólo algunas determinadas tareas, propias de la especie, y que nos diferencian de otras especies que poseen características diferentes, como por ejemplo la visión ultravioleta o un marcado daltonismo, presente este último muchas veces también en las personas.
Por tratarse el color de un tema en muchos aspectos inabarcable, los arquitectos se han concentrado en los aspectos exclusivamente volumétricos (a excepción de algunos casos contados, como el del mexicano Barragán), utilizando el color como un simple elemento más en la paleta de los materiales disponibles, pero de los pocas veces empleado. La arquitectura moderna, desde los padres fundadores de la Bauhaus hasta sus hijos, arquitectos de hoy en día, ha huido aterida de cualquier compromiso con las numerosas teorías del color que ponían en peligro la base cientificista de la teoría arquitectónica. En su huida, los arquitectos modernos han relegado el color a un segundo plano: “La arquitectura es el juego sabio y magnífico de los volúmenes bajo la luz”, decía Le Corbusier, olvidando inexplicablemente el tercer ingrediente fundamental en la composición del espacio arquitectónico: el color.
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